Les roches rouges, el divertido nuevo film del siempre gamberro Bruno Dumont, se mueve en dos escalas desde su primera escena. Empezamos en un plano fijo muy general del luminoso y heterogéneo paisaje de la Riviera francesa, de saturados colores. Vemos los ordenados chalets de lujo, los rocosos y rojizos acantilados, el apolíneo acueducto por el que trenes (puntos de fuga) pasan sin cesar, la paradisiaca playa, las altas y verdes colinas. Un entorno de ensueño que se presenta como abstracción utópica (no hay turistas, coches, responsabilidades…). Un decorado maravilloso que contrasta con la más oscura campiña francesa norteña que ha proliferado en los anteriores trabajos del director.
A golpe de corte, la cámara en mano con gran angular se acerca, en contrapicado “agigantador”, al rostro de un niño de cinco años que no puede dejar de moverse, como si su milagrosa e infantil espontaneidad prevaleciera frente a cualquier indicación del director (infiltrándose lo documental en los resquicios de la ficción). Es el travieso Géo, interpretado por ese roba-escenas llamado Kaylon Lancel, carismático líder de una pandilla de rapaces que circulan con sus quads de acantilado en acantilado en busca del vértigo y la adrenalina de saltar desde alturas cada vez más peligrosas, en set pieces de acción de una tensión acongojante. En una de sus incursiones, prohibidas por la policía, Géo se encuentra con Ève (Kelsie Verdeilles). Su instantáneo flechazo germina a través de encantadoras, inocentes y primerizas caricias, abrazos y muestras de afecto. Pero no todo es tan fácil, porque cuando el serio e imponente novio se deja dominar por sus celos, la rivalidad y el conflicto serán inevitables.
A lo largo de toda su filmografía, Bruno Dumont ha parodiado con absurdez costumbrista, subvertido irónicamente y jugado con una gran diversidad de géneros cinematográficos: el musical y el biopic histórico en Jeannette, la infancia de Juana de Arco; el cine policiaco o de misterio en la miniserie El pequeño Quinquin; la más descabellada y maniquea space opera en L´empire. Les roches rouges hace lo propio con las historias de aventuras a lo Mark Twain y, sobre todo, con el cine romántico.
El centro, con todo, no parece ser su narrativa del primer amor, minimizada, sino capturar una idea de la infancia como reducto irrenunciable de libertad; como etapa plena gobernada por sus propias e inspiradoras reglas y en la que cada situación adquiere dimensiones épicas; como evocadora expresión de nuestras pulsiones originarias. Para dar esta sensación de universalidad emocional, resulta fundamental la ausencia inicial de cualquier contexto familiar que llevase la cinta al terreno de la explicación psicológica individual.
Pero, cuando todo el enfoque parecía claro, la película empieza a presentar sorprendentes variaciones, mutando como cambia en cada segundo la expresión del protagonista, en su oscilante energía indómita. Producida por Montse Triola y Albert Serra y estrenada en la Quincena de Cineastas del Festival de Cannes, Les roches rouges es un ejercicio de absoluta libertad.
MANUEL HEVIA