“Cuando hablo de ladrones de caballos no digo que robar caballos esté mal, eso no es asunto mío”. Es la cita de Chéjov que, sobre un plano de los juzgados, abre esta película y la entrega al deleite de un cine ligero y despreocupado de malhechores desempeñándose.
En el cartel, Gabin, Delon y Ventura. Más no se puede pedir. Las tres grandes fuerzas melancólicas del polar francés en un drama de línea clara orquestado por el cosmopolita Henri Verneuil, recién aterrizado de una eficiente aventura americana con La hora 25 (1967) y La batalla de San Sebastián (1968), y con una filmografía asentada en éxitos instantáneos en su día como Un mono en invierno (1962) o Gran jugada en la costa azul (1963).
Alain Delon es Roger Sartet, un asesino y ladrón profesional ahora detenido por el comisario Le Goff, Lino Ventura en su habitual hechura de paisano consternado y corazón de plantígrado. De camino a la cárcel, Sartet se dará a la fuga con la ayuda de Vittorio Manalese, un Jean Gabin impasible, estricto patriarca de un clan siciliano que opera en París y mantiene conexiones internacionales. Manalese, ya viejo, está por retirarse a Sicilia, pero Sartet le ofrece un último golpe apetecible, el secuestro de un avión que transporta una colección de joyas.
Procedimental y de táctica, la película se encomienda a la higiene gramátical de Verneuil, que brilla en varios pasajes silentes, y a la garantía de los tres nombres, que por momentos se limitan a respetar sus marcas, cada uno haciendo de sí mismo (Delon acaso haciendo un poco de Belmondo), coartados todos por una taxonomía genérica de trazo grueso y sobre todo por cierta plétora de gran producción. Detrás de esa impostura late el aparato de Fox Europa, filial francesa de la 20th Century Fox, y la supervisión personal de Darryl F. Zanuck, quien no descuidó las viejas costumbres de magnate e impuso a su pareja de entonces, la actriz Irina Demick, para la que hubo que escribir nuevas escenas.
Al guion, de naturaleza escuálida, se había incorporado Giovanni tras varias versiones insatisfactorias para hacerse cargo de la calle, como dialoguista, crédito destacado históricamente en el cine francés, muy devoto de recoger localismos y jergas, el tener oído de toda la vida. No en vano, la película adaptaba una novela de Auguste Le Breton, escritor conocido por su uso del argot al que se atribuyen neologismos como “rififi”, del que deriva nuestro rifirrafe.
El clan de los sicilianos (1969) es una producción rutilante que sin embargo da en una película algo oficiosa, servicial con el género, sin grandeza ni preocupación. En su genética no cuenta con la aflicción tan querida del polar, el temblor de fondo, y eso tal vez contribuyera a su éxito popular en la cartelera de la gala de 1969, donde se estrenó amplia y felizmente. Algo tendría que ver, también, el morboso asunto que esos días llevó a investigar a Delon por el asesinato de Stevan Marković, guardaespaldas, chófer, asistente personal y doble de luces del actor, en un escándalo aún por resolver en el que llegaron a verse involucrados miembros del gobierno.
Con una fotografía de prestigio a cargo de Henri Decaë, habitual de Melville, la película termina de caracterizarse en una memorable banda sonora de Ennio Morricone que se singulariza en la guimbarda, ese arpa de boca que trae la raíz y el acervo, la idea bufa de famiglia y también cierto aroma romántico de euro-western, de estar jugando a las películas.
RUBÉN LARDÍN