José Giovanni distó de sorprenderse el día en que escuchó la voz de Auguste Le Breton al otro lado de la línea telefónica. Sabía que llevaba un tiempo pidiendo informes sobre su fiabilidad por los bajos fondos parisinos, y la única duda que albergaba era cuándo se decidiría a explicarle el porqué de aquellos movimientos. Le Breton no tardó en desvelárselo: necesitaba un guionista de confianza para ayudarle con la adaptación de una de sus novelas y él era el elegido.
No era un problema nuevo para Le Breton: el monumental éxito que había alcanzado la adaptación de su primera novela, Rififí (Jules Dassin, 1955), lo había convertido en objetivo prioritario para los productores, pero su escasa habilidad a la hora de guionizar sus historias terminaba trastabillando una y otra vez los proyectos. Y ahí Giovanni podría resultar una pieza idónea, por haber aprendido el oficio de la mano de Jacques Becker y por el pasado delincuencial previo a su salto a la literatura, ahora también el cine, que ambos compartían. Que los dos militaran en la escudería de la editorial Gallimard no era más que otro ingrediente que hacía inevitable el encuentro.
Giovanni sacará adelante el guion de El rififí y las mujeres (Alex Joffé, 1958), desplegará una auténtica exhibición de oficio en Rififí en Tokyo (Jacques Deray, 1963) y alcanzará la excelencia con su trabajo en El clan de los sicilianos (Henri Verneuil, 1969). Pero bajo aquellas películas incontestables Le Breton incubaba lentamente una sorda inquina que crecía con cada cambio que Giovanni efectuaba sobre sus originales.
La tensión soterrada estallará en un último proyecto, Rififi au Canada, al que Le Breton se aferró a la desesperada para recuperar un prestigio que sabía ya perdido. Una película ambiciosa, protagonizada por Gérard Depardieu y destinada al mercado norteamericano, que se fue al traste en el último momento por el enfrentamiento de Giovanni con el productor Carlo Ponti. Unos meses más tarde, las principales figuras de la industria recibían un sobre anónimo con un dosier que desvelaba el oscuro pasado de Giovanni. Cegado por su enemistad con Jean-Pierre Melville, este le adjudicó responsabilidad única de lo sucedido, y fue Lino Ventura quien descubrió que aquello no respondía sino a una venganza en frío de Le Breton. Confiando en una posible reconciliación optó por ocultarle la realidad, pero esta nunca llegó y Giovanni moriría sin conocer al autor de aquel ajuste de cuentas que tanto enturbió sus últimos años de vida.
FELIPE CABRERIZO