Hay películas que hablan de la memoria y otras que parecen estar hechas de ella. Os invitados, de Cristina Diz y Stefan Butzmühlen, que se estrena en Made in Spain, nace de un recuerdo familiar: la historia del abuelo de Diz, un labrador de la Baixa Limia que emigró, enfermó lejos de casa y quiso regresar a Galicia antes de morir. A partir de aquella historia íntima, los cineastas construyen un relato sobre la emigración, el duelo y las mujeres que se resisten a aceptar como inamovible aquello que heredaron.
La Galicia que retratan no es la de las postales de costa, sino una Galicia interior, rural y empobrecida, de la que muchos partieron hacia Alemania, Suiza o Francia. “Cuando mi padre nos cuenta esa historia, por la parte personal y emocional, sabemos que aquí hay algo para nosotros”, recuerda Diz. Frente a ella, una Alemania occidental inmersa en el llamado “milagro económico” ofrece trabajo, pero no necesariamente la vida prometida. La migración se convierte así en una experiencia de distancia, identidad y desarraigo.
En el centro está Iria, interpretada por Greta Fernández, una joven que regresa a Galicia junto a su madre fallecida y debe enfrentarse a un conflicto familiar que va mucho más allá de la pérdida. “Queríamos contar una mujer que ya fuera fuerte desde el principio”, explica Diz. Su fuerza no nace de la adversidad: ya estaba ahí.
Para Fernández, la construcción de Iria estuvo ligada a aquello que el personaje no expresa. Actuar en alemán fue todo un reto, pero también le permitió tomar distancia de sí misma y acercarse a Iria.
En una película atravesada por la incomunicación, el silencio se convierte en una forma de lenguaje. “Me gusta mucho interpretar personajes que dicen poco”, señala. Los directores trabajaron con fotografía y sonido para explorar “lo no explícito, lo sutil” y convertir las pausas en parte de la narración. Butzmühlen las compara con las de una partitura: “Dan la posibilidad de que algo pueda sonar”.
Fernández encontró en esos silencios una de las claves para construir a Iria. Su contención se convierte también en la forma de atravesar el duelo: primero resolver lo inmediato, después enfrentarse a cada conflicto y, solo entonces, permitirse sentir la pérdida.
El viaje emocional del personaje conduce a una confrontación con las estructuras familiares y patriarcales que han condicionado su vida. La película, sin embargo, evita convertir a sus hombres en simples antagonistas. Incluso quienes pretenden ayudar pueden estar atrapados en los privilegios y códigos que dicen querer cuestionar. La dificultad de escuchar al otro se convierte así en una forma de violencia más silenciosa.
Es entonces cuando aparecen las meigas. Lejos de una mirada folclórica, Diz y Butzmühlen las convierten en una comunidad de mujeres y una genealogía de resistencia, inspirada por las investigaciones de Silvia Federici sobre las mujeres perseguidas como brujas. “Queríamos hacer una lectura muy política, muy feminista”, explica Diz.
Para Fernández, Iria encarna esa voluntad de distanciarse de un legado demasiado antiguo. “Hay algo que se tiene que romper”, afirma. Avanza entre duelo, memoria y silencios heredados, mientras plantea una pregunta: cuánto de aquello que recibimos de quienes nos precedieron estamos dispuestos a conservar y cuánto necesitamos transformar para seguir adelante.
ANDREA DE TORO GARCÍA