A Genki Kawamura le propusieron formar parte del Jurado Oficial del Festival de San Sebastián durante una cena. No fue en una reunión solemne ni en un despacho, sino en una izakaya, una taberna japonesa. Allí, entre comida y conversación, José Luis Rebordinos le lanzó la propuesta. Kawamura aceptó. Quizá no haya una manera más apropiada de explicar su relación con el Zinemaldia: para él, un festival no sucede únicamente en las salas de cine, sino también alrededor de una mesa.
Kawamura ya conoce bien San Sebastián. En 2022, A Hundred Flowers le valió la Concha de Plata a la mejor dirección, un reconocimiento que tuvo consecuencias importantes en su trayectoria posterior. Después llegaría Exit 8, con la que participó en Cannes. Cuatro años después, regresa al Festival, pero desde el otro lado: ya no espera el veredicto del jurado, sino que forma parte de él.
Hay algo de agradecimiento en su regreso. San Sebastián fue importante para su carrera y ahora tiene la oportunidad de descubrir a otros cineastas y, de alguna manera, devolver la confianza que el Festival depositó en él. Además, su relación con la ciudad va más allá de los premios. Cuando se le pregunta por la combinación entre cine y gastronomía, responde con humor que su único interés es comer. Y llega a describir San Sebastián como la ciudad donde mejor se come del mundo.
La respuesta encaja con una de las ideas que más destaca durante la entrevista: la particular manera de entender los festivales que comparte con Rebordinos. No son solo lugares para ver películas, sino espacios para conocer personas, comer juntos y generar conversaciones y vínculos. El cine continúa cuando termina la proyección.
También dentro del jurado. Sus integrantes proceden de países, culturas y profesiones diferentes, y esa diversidad hace que una misma película pueda provocar opiniones muy distintas. Kawamura defiende precisamente ese desacuerdo como una parte necesaria de la deliberación. Las diferencias no son un obstáculo, sino una forma de profundizar en las películas. Llegaron, cuenta, a mantener una conversación de unas cuatro horas sobre cine. El vino y la gastronomía donostiarras contribuyeron a prolongarla, como una especie de combustible para seguir hablando.
Hay algo especialmente personal en esa experiencia. Kawamura recuerda sus años de estudiante, cuando podía ver dos o tres películas al día y después pasar horas hablando sobre ellas. Desde que se convirtió en profesional del cine no había tenido tantas ocasiones de recuperar aquella dinámica. San Sebastián le está permitiendo volver, aunque sea durante unos días, a esa forma de vivir el cine basada en descubrir y compartir.
Por eso su regreso al Zinemaldia tiene algo de círculo que se cierra. En 2022 vino para recibir un premio que contribuyó a impulsar su carrera. Ahora vuelve para ayudar a decidir quién merece el siguiente. Entre películas, deliberaciones y comidas, Kawamura parece haber encontrado algo más: la posibilidad de recuperar aquella mirada del estudiante que todavía necesita hablar durante horas sobre lo que acaba de ver
ANDREA DE TORO GARCÍA