No buscan una película que encaje en un molde: prefieren que sea la película la que los encuentre a ellos. Así podría resumirse la actitud con la que se entregan a su labor en el jurado de Horizontes Latinos Agustina Llambi Campbell, productora argentina y presidenta del jurado, Casimiro Torreiro, periodista, profesor y crítico nacido en Uruguay, y Jérôme Vidal, productor francés. Tres trayectorias, tres miradas y una misma disposición: entrar en la sala con la mente abierta y dejarse sorprender.
La calidad será el primer criterio, aunque no el único. También importa el universo que cada película construye y desde qué identidad lo revela. Vidal defiende un cine que se atreva a explorar lo universal sin desprenderse de sus raíces; Torreiro reivindica la emoción íntima que despierta en cada espectador; Llambi Campbell apuesta por obras que se liberen de los discursos prefabricados.
El cine latinoamericano, además, ha evolucionado. Desde su experiencia como productora, la presidenta subraya su salto de calidad: fotografía, sonido, montaje y puesta en escena ya pueden medirse de igual a igual con cualquier cinematografía internacional. Ya no hay motivo para otorgarles un “perdón” por sus condiciones materiales. Pero hacer cine se vuelve cada vez más desafiante. Los tres advierten el debilitamiento de las políticas públicas que sostienen al sector. Torreiro ha notado una presencia menguante de películas argentinas en ciertas programaciones; Llambi Campbell lo asocia a la reducción de ayudas en su país.
La escasez, sin embargo, puede transformarse en chispa creativa. La productora menciona a colectivos como Pampero Cine, que logran trabajar fuera de las estructuras tradicionales y con presupuestos mínimos. A veces, basta una cámara y unas pocas personas.
El problema surge incluso antes de rodar: en todo lo que los cineastas dejan de soñar porque temen no poder financiarlo, distribuirlo o hallar espectadores. Es la autocensura que impone el mercado. Torreiro advierte cómo esos límites pueden instalarse en la mente sin que medie una prohibición. Vidal conoce bien ese mecanismo desde la producción y la distribución. Llambi Campbell recuerda, además, que producir significa asumir una responsabilidad económica con quienes participan en una película.
Por eso reivindican el riesgo, que identifican especialmente en los jóvenes, menos condicionados por lo que pueden perder. Llambi Campbell lo resume en una frase: “El riesgo viene de quien no tiene nada que perder y todo por ganar”.
Los tres perciben un panorama donde abundan las fórmulas repetidas y escasean las películas capaces de sorprender. Pero Vidal introduce una paradoja: si existiera una receta infalible para hacer cine, todos la seguirían. Como no la hay, la imprevisibilidad sigue siendo una de sus mayores virtudes.
En tiempos de saturación audiovisual, nos recuerdan que la sala de cine guarda algo insustituible: la experiencia compartida. El cine despierta interpretaciones, conversaciones y encuentros. Los festivales amplían esa magia. Para los tres, San Sebastián sigue siendo una comunidad donde cineastas, profesionales y espectadores de orígenes diversos se cruzan y donde aún hay espacio para películas distintas, complejas y valientes.
ANDREA DE TORO GARCIA