Patrocinador
Oficial
Media
Partner

cerrar
Rellena este formulario con tus datos para acceder a los contenidos reservados a usuarios registrados.
Pincha aquí
¿No recuerdas tu contraseña? Pincha aquí

cerrar


Aún no has validado tu email. Te hemos enviado un correo electrónico, debes pinchar el enlace adjunto para validar su cuenta.

Estás en: Portada > 56 Edición 2008  > Diario del Festival > ... and love the lomb
Diario del Festival » JAPÓN EN NEGRO
... and love the lomb
THE MAN WHO STOLE THE SUN (TAIYO WO NUSUNDA OTOKO,1979)
Jueves, 25 de septiembre de 2008

Si Tyler Durden, en El club de la lucha (David Fincher, 1999), nos inició en la fabricación casera de toda clase de explosivos a partir del jabón; el protagonista de Makoto Kido (Kenji Sawada), un solitario profesor de ciencias en un instituto de secundaria, lleva la filosofía del “Háztelo tú mismo” hasta un punto tan absurdo como apocalíptico: “Fabriqué una bomba atómica, pero no sé lo que quiero”. Con un poder de destrucción que le convierte en el heredero espiritual de Godzilla, Makoto dista mucho de obrar como el mad doctor al uso, tipo Bela Lugosi en The Phantom Creeps (Ford Beebe, Cliff Smith, 1939). Por más que el cáustico e ingenioso guión de Leonard Schrader (Yakuza, Mishima) y de su director, Kazuhiko Hasegawa, beba directamente, aun a riesgo de violentar la suspensión de la incredulidad del posmoderno espectador, de las fuentes del serial, Louis Feuillade a la cabeza.

Lejos de los delirios de gran­deza y exigencias pecuniarias as­tronómicas de Scorpio en Harry el sucio (Don Siegel, 1971), el carác­ter indeciso y abúlico de Makoto le lleva a delegar sus demandas en los oyentes de un programa ra­diofónico. Practicando, sin pre­tenderlo, un terrorismo contra-cultural al conseguir el firme com­promiso de las autoridades para que The Rolling Stones, banda non grata en Japón por su apología de las drogas (sic), actúe en Tokio. ¿Sympathy for the devil? Con ra­zón ante semejante panorama, el secretario del primer ministro, to­do solemne, exclama: “Las perso­nas no necesitan bombas atómi­cas. Sólo las naciones las necesi­tan”.

En el fondo, y a pesar de su aparente superficialidad y ligere­za, el discurso subyacente en The Man Who Stole the Sun entron­ca con el de Bullet Ballet (Barreto Baree, 1998). Para Shinya Tsuka­moto, Tokio es un estado onírico en el que se puede matar con to­tal impunidad; Kazuhiko Hasega­wa, veinte años antes, ve las calles de la capital japonesa como una ciudad muerta, por lo que “matar a un muerto no es crimen”.
Ignacio HUIDOBRO

 

Patrocinador Oficial
Media Partner
Colaboradores Oficiales:
Instituciones Socias:
© Donostia Zinemaldia | Desarrollado por: Yo Miento Producciones
Esta web utiliza cookies propias y externas para ofrecerte una mejor experiencia como usuario. Más información Aceptar