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Diario del Festival » HORIZONTES LATINOS
Ser niño en la Dictadura argentina
INFANCIA CLANDESTINA
Sábado, 22 de septiembre de 2012

Argentina 1976. Son los años más duros de la Dictadura y vivimos la peripecia de un grupo de activistas montoneros a través de la mirada de Juan, un chaval de 11 años. El director de Infancia clandestina, Benjamín Ávila, asegura que no ha querido hacer una película autobiográfica, aunque confiesa que hay mucho de su propia vivencia personal en su primer largometraje.

“La idea que tenemos de la dictadura argentina está asociada a la muerte y al pánico, y por supuesto que fue mucho de eso, pero también existió una vida cotidiana, el amor, el humor, las familias, la escuela, y yo quería huir de los preconceptos y dar otros elementos para la construcción del recuerdo”. No es la primera incursión en el tema del realizador argentino Benjamín Ávila, que ya ha ganado varios premios internacionales con su documental Nietos, identidad y memoria (2004) con las Abuelas de la Plaza de Mayo. Su trabajo previo le ha permitido hacer una fiel reconstrucción de la época, cuya única finalidad, asegura, es ubicar el momento. “La película no tiene un tono dramático, el tema es el amor y las cosas que valen la pena en la vida”. Juan sigue siendo un niño y para él su vida es normal, incluido su paso a la adolescencia en una época tan convulsa. Sin embargo, Ávila ha cuidado especialmente que la violencia no sea explícita, y los pasajes más dramáticos se han convertido en ilustraciones que mezclan el sueño y la realidad en la que vive el protagonista.

La película cuenta con intérpretes de lujo: Teo Gutiérrez Moreno encarna el personaje del
niño, Natalia Oreiro es su madre, César Troncoso es el padre y el tío Beto es Ernesto Alterio, para quien este trabajo es algo muy especial. “Desde que leí el guion –asegura– hace cuatro años, sentí que había también algo personal mío en juego en esa historia; creo, además, que todos los que hemos participado este proyecto pusimos mucho corazón en él y, ahora que la historia ha macerado con el tiempo, eso se destila en el resultado y le hace también partiícipe al espectador “. Ernesto Alterio, que agradece que la película le haya permitido ponerse en la piel de la generación de su padre, recomienda la cinta como “un viaje de hora y media, fuerte e interesante para el espectador, que te engancha por la emoción, no por las ideas, que colabora con el fluir de la vida y tiene hasta un efecto sanador”.

P.Y.

 

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