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Diario del Festival » GEORGES FRANJU
Detrás de la máscara
LES YEUX SANS VISAGE / OJOS SIN ROSTRO
Sábado, 22 de septiembre de 2012

El futuro es algo quedebía haber pasado hace mucho”, dice Génessier,
el enloquecido doctor de esta película, capaz de asesinar y de realizar las mayores atrocidades con la única esperanza de curar a su hija desfigurada después de un terrible accidente de coche. Y, de alguna manera, es cierto que tuvo que pasar mucho tiempo para que ese futuro alcanzara a la obra de Franju y, a lo largo de los años, pudiera conseguir el reconocimiento que le fuera negado en el momento de su estreno.
Podríamos considerar a Franju como un trasunto de ese cirujano incomprendido que en realidad anhelaba alcanzar la perfección cada vez que utilizaba el bisturí o, en este caso, cada vez que rodaba a través de su cámara.
Franju quería experimentar con el género de terror, y lo quería hacer a la manera de Thomas de Quincey, con un toque de distinción decadente y con una querencia por la provocación amoral. Para ello creó un cuento tenebroso protagonizado por tres monstruos encerrados en una gran mansión alejada del mundo: una niña delicada con el rostro desfigurado; una siniestra y hermosa bruja al servicio de su amo, y un ogro maquiavélico sin escrúpulos. Todos son víctimas de algún tipo de deformidad: Christiane, física, y Louise y el doctor, de carácter moral. Las tres personas enfermas, devastadas interiormente, sufren y son capaces de generar dolor y sufrimiento de igual o mayor grado a como ellas lo sienten. Franju los observa de diferente manera a cada uno de ellos: Christiane, tan etérea y volátil, vaga por los pasillos como un espectro cuya presencia desprende ternura y suscita el elemento poético; Louise se muestra como una figura sibilina capaz de acechar con la mirada durante horas a su presa hasta abalanzarse sobre ella y entregarle la pieza conseguida a su dueño, a la manera de Cesare en El gabinete del doctor Caligari, con cuyo expresionismo Franju se sentía muy identificado; y, por último, el doctor Génessier, tan frío y calculador que podría remitir tanto al doctor Frankenstein como a un científico de la época nazi. En realidad, los tres están muertos por dentro.
Franju envuelve a estos seres en una turbadora atmósfera granguiñolesca con ecos del simbolismo de Cocteau, del folletín de Feulliade y del gótico de Poe. Lo macabro y lo
grotesco laten en el subsuelo de la película con la misma fuerza que el ladrido de esa jauría de perros encerrados en jaulas en el interior de la mansión. Todos están atrapados en los muros de esa casa de los horrores: perturbados, frustrados y terriblemente obsesionados. Franju consigue configurar un claustrofóbico escenario poblado por personajes atrapados en su propia red. Leimprime una violencia implícita a cada uno de los planos, pero también consigue que aflore una frágil poesía a partir de unos ojos desamparados que suplican piedad detrás de una máscara de porcelana.

B.M.

 

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