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Cobarde por un día
LAS CUATRO PLUMAS
Martes, 22 de Septiembre de 2015

La primera película de ficción que emprendieron Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper, Las cuatro plumas (1929), es el puente perfecto entre los documentales étnicos que habían realizado anteriormente, el espíritu aventurero que alimentaba por igual sus vidas y su aún incipiente carrera cinematográfica, el sentido del valor y el heroísmo en el entorno militar que ya habían experimentado como combatientes en la Primera Guerra Mundial, y algunos elementos que desembocarían en su legendario King Kong cuatro años después. Y todo ello partiendo de una novela que ya era todo un clásico en la literatura de aventuras, “Las cuatro plumas”, de A. E. W. Maden, publicada en 1902.

La adaptación de Schoedsack y Cooper no fue la primera (hubo dos previas) pero sí la que marca la senda del cuarteto de versiones, todas ellas notables, que ha dado el cine a lo largo de las décadas, y siempre respetando el título original: las dirigidas por Zoltan Korda en 1939, Don Sharp en 1977 y Shekhar Kapur en 2002. La de Schoedsack y Cooper, realizada en las postrimerías del cine mudo, narra de forma tan sintética como eficaz el drama del hombre destinado a convertirse en heroico militar por empeño de su padre. Pero cuando es llamado a filas, renuncia para llevar adelante un deseo más importante: casarse con su Amada. Más soñador que patriótico, el teniente Harry Faversham (Richard Arlen) ve cómo sus tres grandes amigos, y también su prometida, le tachan de cobarde. Y lo hacen con un gesto: entregándole una pluma cada uno, el mayor deshonor. Pero la heroicidad tiene muchas motivaciones, y a Faversham le llama más un arraigado sentido de la amistad que la gloria militar; también a Schoedsack y Cooper les interesa más los comportamientos en comunidad que la disciplina guerrera.

Los directores tuvieron la ocasión de volver a otro punto de África, Sudán en este caso, y retratar a los guerreros tribales enfrentados al imperialismo británico con un cierto sustrato documental que se amplía a una estampida de hipopótamos y una escena de acción protagonizada por monos, que dan especial vigor a la ya palpitante aventura de Favesham tratando de ayudar a sus amigos desde el anonimato. Aunque su personaje desaparece durante la parte central del relato, destaca el hecho de que la amada fue interpretada por Fay Wray, la actriz que luego Schoedsack y Cooper inmortalizaron en manos de King Kong. Entre los soldados amigos, un William Powell aún no tan cínico y desinhibido como en sus interpretaciones del Nick de La cena de los acusados (W. S.Van Dyke, 1934), pero ya distinguido.

RICARDO ALDARONDO

 

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