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65 Festival de San Sebastián
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AMAR CON A DE AGNÈS
PREMIO DONOSTIA
Domingo, 24 de Septiembre de 2017

Entregar un premio a Agnès Varda es algo tan hermoso y justo que los cineastas del presente deberíamos deletrear su nombre y apellido cada mañana para limpiarnos los dientes y regenerar el aparato digestivo de nuestro oficio. Ag-nès-Var-da. Cuando la mayoría de los premios festivaleros se reparten por cuotas o como mero anzuelo para convocar a estrellas fugaces en campaña, hay que celebrar que Agnès Varda se nos aparezca esta semana en San Sebastián para recordarnos que el santoral sirve para lo mismo que cualquier otra astronomía: para guiarnos a buen norte.

Por eso, conviene seguir a Agnès Varda allí a donde vaya: remontarnos hasta la calle Daguerre (donde ella vive, para poder volver a casa por partida doble), seguir por la avenida Jean Vigo y caminar hasta una plaza abierta, de sombras suaves y muros pintados a modo de ventanas abier-tas, que aún no existe pero que sigue siempre en construcción y llevará su nombre.

Casi todos los inventos que alguna vez nos han atribuido a cineastas más recientes son formas de mirar la vida que Agnès Varda ya utilizaba hace 30, 40, 50 años; ideas que por alguna extraña capacidad de desbordamiento o falta de frecuentación, hoy nos siguen pareciendo más modernas (más vigentes) y nos interpelan con mayor capacidad de sugestión que la habitual dieta única a base de cine-novela en tres actos. Agnès Varda es omnívora, como su cine. Una síntesis de poesía, prosa y ensayo, de curiosidad insaciable, a la que nada ni nadie es ajeno. Agnès Varda habla y escucha hasta a las paredes (vean la actual Visages Villages, pero también Murmurs de 1981, donde retrata las comunidades de LA a través de sus murales). Todo su cine se despliega en forma de diálogo: incluso cuando las construye sobre la escritura puntillista de una voz en off pronunciada en primera persona, las películas de Agnès Varda son lo más alejado que uno pueda imaginarse al monólogo ensimismado. Un coro de voces (como en Réponse de femmes) que son autobiografía en primera, segunda y tercera persona a la vez.

¿Acaso nos sorprende que la misma cineasta capaz de ser tan extrovertida y viajera haya contribuido como pocos a desarrollar los lenguajes cinematográficos que habrían de servirnos para expresar los sentimientos y la intimidad del siglo XXI? En absoluto. Con esa naturalidad que le es tan propia, un rasgo de estilo, Agnès Varda se ha encargado de ir desmintiendo una detrás de otra todas las falsas dicotomías que rellenan los diccionarios de tópicos del espectador: ya no tenemos que escoger entre ser “cortometrajista” o “largometrajista” (¡palabras!); “documentalista” o “ficcionador” (¡?!), entre el arte o la vida. ¿Pueden decirnos de una vez quién exigió escoger entre los cuadros o las patatas? Todos los cuerpos atraviesan el cine de Agwnès Varda como el aire de Galileo: a la misma velocidad, mereciendo el mismo interés y suscitando idéntica fruición.

¡Que ningún amor se nos muera en la punta de la lengua mientras estemos vivos! Agnès: mil gracias por todo, ha sido un gusto compartir tu tiempo. ¡Te quiero!

ISAKI LACUESTA


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