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65 Festival de San Sebastián
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SIEMPRE LIBRE
VISAGES, VILLAGES
Domingo, 24 de Septiembre de 2017

A sus 89 años, Agnès Varda sufre desde hace un tiempo una enfermedad ocular que hace que vea borroso. Su mirada, sin embargo, se mantiene clara, curiosa, a veces asombrada y siempre abierta al mundo para mostrarlo desde su subjetividad: la tensión entre la realidad y lo imaginario. En Visages, Villages, que llega de una manera tan nesperada como gozosa  después de su film autobiográfico y testamentario Les Plages d’Agnès (2008), la mirada de la cineasta encuentra la complicidad del fotógrafo y artista callejero J.R., que se ha hecho celebre instalando sus fotografías gigantes en casas, puentes y monumentos.

Agnès Varda y J.R. emprendieron juntos un viaje por diferentes lugares IMMA MERINO de Francia en el camión fotográfico del artista. A la manera de Varda, pero también de J.R., fueron al encuentro de personas desconocidas para escucharlas y retratarlas: agricultores, obreros, los últimos habitantes de un pueblo minero, las esposas de los estibadores del puerto de Le Havre, entre otros y otras. Personas comunes y anónimas magnificadas a través de los retratos gigantes salidos del camión de J.R. Haciendo amistad durante el viaje, formando una pareja burlesca, compartieron un proyecto para el placer propio, como así reconocen, con el deseo de transmitirlo a los espectadores. Lo consiguen con un film humanista, lúdico, lleno de ingenio e ironía que celebra la vida, el poder de la imaginación y el gusto por realizar imágenes, pero quetambién se tiñe de melancolía con las pérdidas que arrastra el paso del tiempo y la presencia de los muertos en la memoria de los vivos. Varda evoca a su amado Jacques Demy y, volviendo a la playa normanda donde filmó el memorable documental Ulysse (1982), ve como J.R. coloca en un búnker una ampliación del retrato que, cincuenta años atrás, ella hizo a su amigo fotógrafo Guy Bourdin, también fallecido.

Pero no sólo los muertos son los ausentes a la vez tan presentes. Y ahí aparece Godard. Recriminándole que esconda sus ojos detrás de unas gafas oscuras, Varda cuenta a J.R. que no vio los de Godard hasta que hizo que sequitara las gafas en un corto burlesco incluido en Cleo de 5 a 7 (1961). Varda recuerda su antigua amistad con Godard, le habla de él a J.R. y juntos emprenden un viaje en tren para visitarlo en su casa de Le Rolle. No revelaremos nada de la visita, pero sí que, al borde del lago Leman, Varda vuelve a descubrir unos ojos. Quizás era uno de los objetivos ocultos de este film que, aunque compartido con J.R., aporta una nueva revisión de las constantes de Varda, dueña del montaje: la fascinación por los rostros y así el gusto por los retratos, que empezó a realizar siendo fotógrafa; la atención a las cosas que desaparecen y a los seres frágiles; la sensibilidad feminista; el reciclaje de las propias imágenes; la construcción fragmentaria a la manera de un collage; los juegos de palabras; la disposición al azar (su mejor asistente, dice) ligada a una actitud abierta a lo inesperado. Y, sin duda, la libertad. Una maravilla.

IMMA MERINO


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