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LOSEY / PINTER
Miércoles, 27 de Septiembre de 2017

En opinión de la crítica imperante, las películas de Losey escritas por Harold Pinter –El sirviente (1963), Accidente (1967) y El mensajero (1971)– representan el apogeo de su obra. La apreciación es, cuando menos, discutible, puesto que sus obras del período americano (The Boy with Green Hair, El merodeador, M), del primer período inglés (Tiempo sin piedad, La clave del enigma, El criminal) y las producciones francesas (Eva,  El otro señor Klein, Don Giovanni) pueden aspirar a esa misma excelencia. Bien es cierto, sin embargo, que la trilogía pinteriana situó a Losey, en los años 60, entre los grandes cineastas de la modernidad, junto con Antonioni, Bergman, Godard, Resnais, Buñuel y Kubrick. El sirviente fue ignorada por el palmarés veneciano, pero no tardó en ser aclamada, antes incluso de que Accidente fuera galardonada con el Gran Premio del Festival de Cannes y El mensajero se alzara con la Palma de Oro. 

El primer contacto entre Losey y Pinter tuvo lugar en 1960, cuando el cineasta, a la sazón exiliado en Londres, envió una misiva a Pinter para comunicarle lo impresionado que quedó tras ver Una noche de juerga en la televisión. Pinter, con obras en su haber tales como “La fiesta de cumpleaños” y “El cuidador”, empezaba a hacerse un hueco en la escena británica. Tenía 30 años, veinte menos que Losey. Una generación los separaba. Pinter recibió por parte del director la propuesta de trabajar en la adaptación de una extensa novela de Robin Maugham, El sirviente, publicada en 1948, y que supuso su debut como guionista. Pero fueron otras dos novelas (“Accidente”, de Nicholas Mosley, y “El mensajero”, de L.P. Hartley) las que permitieron a Pinter mostrar su talento como adaptador, al eliminar, por ejemplo, el rol del narrador, para que los espectadores concentraran mejor la atención sobre las relaciones entre los personajes.

Del encuentro entre un descendiente de emigrantes judíos de Rusia y un norteamericano de la alta burguesía, de dos hombres fuera de lo común, surgieron unos de los retratos más despiadados del sistema de clases británico, que tanto Pinter como Losey observaban con la indiferencia y la lucidez que les otorgaba el hecho de no formar parte del mismo. Mientras que Losey, proveniente del teatro, se situaba cerca de Brecht (en 1947 realizó en Los Ángeles “La vida de Galileo”), Pinter se asociaba más al teatro de lo absurdo, en plena expansión en los años 50. Pinter, con sus lacónicos diálogos, sus elipsis, sus pausas y sus silencios, contrarrestaba la barroca tendencia de Losey a ensalzar las emociones. Confería, además, un carácter más mordaz a su visión sobre el mundo. Losey, por su parte, encarnaba el universo de Pinter y lo abría al exterior.

Ambos artistas confluyeron en la temática de la invasión de un espacio por parte de un invitado o de un extraño, que se convierte en catalizador de las tormentas del protagonista. Esta constante preocupación del dramaturgo británico se observa en las películas de Losey, desde El merodeador a Eva, antes de explayarse en El sirviente y Accidente. La trilogía se presenta como una escenificación de la crueldad, donde se recurre a un lenguaje que pretende mofarse de los demás o mortificarlos, y con predilección por los juegos verbales o físicos, como por ejemplo el intercambio de pelotas en la escalera de El sirviente o los partidos de tenis y críquet en Accidente y El mensajero. Ahondando en los misterios del tiempo y de los recuerdos, y analizando las ambigüedades de la identidad, Losey y Pinter crearon una obra fusional donde dieron lo mejor de sí. Su trilogía es, asimismo, un modelo de construcción narrativa. Accidente y El mensajero se centran en el punto de vista de uno de los personajes (Stephen o Leo), mientras que El sirviente opta por el pluralismo, por un cuarteto de actores en torno a los cuales se desarrolla la historia. El éxito de esta trilogía hace lamentar aún más que no hubieran coincidido en la realización de “En busca del tiempo perdido”, del que solo nos queda la admirable adaptación de Pinter. La trilogía hubiera pasado a ser tetralogía. 

MICHEL CIMENT

 
The Go-Between.
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