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THE ROOM: UN DESASTRE APASIONANTE
Jueves, 28 de Septiembre de 2017

James Franco ha decidido hacer una película sobre el rodaje de The Room (2003), de la que   se ha dicho, entre otras cosas, que es “el Ciudadano Kane de las películas malas” (Ross Morin en “Entertainment Weekly”) y “una mezcla entre Tennessee Williams, Ed Wood y ‘Trapped in the Closet’ de R. Kelly” (Steve Rose en “The Guardian”). Tiene todo el sentido que  un autor como él, cuyos proyectos como director siempre son fascinantes por anómalos, decida contar cómo se hizo un film como el de Tommy Wiseau y rendirle  así el homenaje que merece. Básicamente  por eso, porque The Room es muchas cosas, pero sobre todo es una  película inmensa en su anomalía. Dicho esto sin ningún tipo de ironía.

Cruce inasible de melodrama romántico, thriller psicológico, subproducto softcore, comedia negra y  fantasía esquizoide, The Room es un accidente en cadena. Todo en ella son (o parecen) malas decisiones. Todo está mal (o no) y, sin embargo, la absoluta entrega de Wiseau al desastre genera un film fascinante y la cult movie moderna más importante. Título clave para entender el cambio en la manera de generar ultos en la era de Internet, The Room, sobre la que se ha escrito muchísimo y muy bien, sigue programándose desde su estreno –y su estrepitoso fracaso– en 2003 en sesiones especiales (los desaparecidos cines Laemmle’s Sunset 5 de Los Ángeles la pasaron durante años). Esas proyecciones,  que suelen ser una fiesta, se realizan con un  maravilloso ritual de visionado que incluye el  lanzamiento de cucharillas  a pantalla y la repetición de determinadas expresiones de los        personajes. Y conoce prescriptores tan brillantes y variados como Paul Rudd, Jonah Hill,    Edgar Wright, Guy Maddin y los cómicos Tim Heidecker y Eric Wareheim. Es cierto que The      Room está considerada una de las peores películas de la historia. Pero ¿puede ser una de  las peores películas de la historia una propuesta así de alucinante y celebrada? Pues igual sí. Pero también es una invitación a preguntarse qué entendemos por  buenas y por malas    películas y qué mecanismos ajenos a la lógica activa el cine para seducirnos.

En cualquier caso, es evidente que The Room es una película importante, a cuyos fastos se suma ahora The Disaster Artist. Inspirada en el libro autobiográfico homónimo escrito  por Greg Sestero, uno de los actores de la película, y el periodista Tom Bissell, y con el  clarificador subtítulo “My Life Inside The Room, The Greatest Bad Movie Ever Made”, la película de James Franco hace varias cosas. Extrae un perfil de Wiseau, tipo raro cuya  verdadera identidad nunca ha estado del todo clara: ¿Quién es realmente? ¿Puso de su  bolsillo los seis millones de dólares que costó The Room? ¿En qué pensaba cuando rodó  la película? ¿Cómo hizo para mantener durante cinco años una valla publicitaria en Highland Avenue? También desgrana las vicisitudes de un rodaje accidentado sobre el  que hay suculentas leyendas, como que Wiseau cambió un par de veces el reparto de la película. Pero es, sobre todo, un recordatorio de que la historia del cine también se escribe desde los márgenes, la imperfección y, sí, la locura.

DESIRÉE DE FEZ


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