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Estás en: Portada > 65 Edición 2017  > Diario del Festival > INSURRECCIÓN DOMÉSTICA
Diario del Festival » JOSEPH LOSEY
INSURRECCIÓN DOMÉSTICA
THE SERVANT / EL SIRVIENTE
Viernes, 22 de septiembre de 2017

Robin Maugham, tras cumplir con honores su servicio en la Segunda Guerra Mundial, publicó en 1948 una novela oscura y retorcida en la que se encargó de subvertir el orden social establecido de la época a través de la historia de un aristócrata que termina siendo sometido por su propio criado. Al parecer tenía una base autobiográfica, razón por la que la familia del autor intentó que la obra pasara desapercibida hasta que, diez años más tarde, se estrenó una versión teatral en el West End. En 1963 vio la luz la adaptación de Harold Pinter para el film de Joseph Losey que terminaría por convertirla en una de las historias más conocidas y maquiavélicas en torno a las relaciones de poder.

En ella, el dramaturgo realizó un agudo y descarnado análisis, a modo de radiografía social, de la decadencia y progresiva pérdida de privilegios de la burguesía y el ascenso de la clase trabajadora, que tras siglos de opresión comenzaba a revelarse contra la sumisión y el vasallaje para explotar con violencia contra el sentimiento de inferioridad que había ido acumulando. Un nuevo orden comenzaba a instaurarse. El esplendor de las colonias había llegado a su fin, el viejo imperio se desvanecía y frente a la opulencia y la abulia de la nobleza emergía un impulso de renovación callejero materializado en el jubiloso Swinging London y las protestas contraculturales.

Todo ese contexto se cuela por las rendijas de una película que sucede de puertas adentro, en una casa que funciona como caja de resonancia de todos los cambios estructurales que se estaban produciendo: los rituales y los protocolos habían dejado de tener sentido y resultaban anacrónicos, y se apostaba por el caos, el desorden y la necesidad de romper con los tabús a través de la libertad expresiva.

Pero este choque en El sirviente está impregnado de un espíritu malsano y nocivo. La incomodidad se respira en ese ambiente viciado de indolencia y vanidad, en el que la semilladel odio encuentra lugar para germinar de forma profundamente destructiva a través de la figura de esos dos personajes que se erigen como representantes de los males, vicios y perversiones de sutiempo. El director nos sumerge en una danza macabra donde se caen las máscaras de hipocresía para dar lugar a un panorama en el que late la podredumbre moral. En realidad, se trata casi de una película de terror. Losey utiliza una puesta en escena cercana al expresionismo, repleta de sombras y reflejos deformados, de angulaciones imposibles, de símbolos encubiertos y dobles sentidos tanto visuales como verbales. La pulsión erótica se convierte también en uno de los principales ejes motores de la película. Las inhibiciones sexuales, la homosexualidad latente, el deseo y los impulsos reprimidos, así como la manipulación emocional, van sumergiéndonos en un espacio cada vez más turbio y pesadillesco, febril y claustrofóbico, al compás deritmos jazzísticos que nos conducen casi en estado de trance a reflexionar en torno a la identidad social en tiempos confusos.

BEATRIZ MARTÍNEZ

 

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