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El cuento de la criada
Roma
Viernes, 20 de Septiembre de 2019

Érase una vez un niño llamado Alfonso Cuarón. Nació en Ciudad de México en 1961 y pasó su niñez en la colonia Roma, un barrio de clase media en el que disfrutó de lecturas y proyecciones infantiles, espectáculos circenses y personajes como el increíble profesor Zovek. En aquella época fue parte esencial de su educación Liboria Rodríguez, Libo, la nana encargada de su cuidado. Difícilmente podía imaginar aquel mocoso que un día le dedicaría una película.

Lo hizo medio siglo después, cuando ya era uno de los cineastas internacionales más reputados de su generación gracias a trabajos como la taquillera Harry Potter y el prisionero de Azkaban (2004), la distopía Hijos de los hombres (2006) o la odisea espacial Gravity (2013). Entonces decidió bajar a tierra firme y virar hacia un registro radicalmente intimista con Roma (2018). Diecisiete años después de Y tu mamá también (2001) regresó a su país, escarbó en los recovecos de su infancia y rodó, de nuevo en castellano, su obra más personal: tanto es así que Cuarón ha confesado que el 90% se basa en su propia niñez, y no sólo se ocupó del guion y la realización, sino que también asumió el montaje y la dirección de su hermosa fotografía en blanco y negro.

Escrita con lacerante belleza, su agridulce carta de amor a la infancia incluye recuerdos nostálgicos combinados con secuencias de planos largos y dolorosos como los del paritorio o la playa en la que acontece la catarsis de la protagonista gracias al agua, elemento omnipresente. El terremoto sentimental que sacude a la familia protagonista va acompañado de temblores de tierra, granizo, incendios forestales y masacres paramilitares en tiempos convulsos. Cuarón crea trasuntos de sus padres, de su abuela y de sus hermanos y a Libo la convierte en Cleo, un personaje encarnado con enorme instinto y toneladas de verdad por la actriz amateur Yalitza Aparicio, vehículo para abordar grandes cuestiones como la soledad, el racismo, las lenguas minorizadas (el mixteco), la sexualidad reprimida y, sobre todo, las relaciones de poder.

Porque este último es el gran tema de un largometraje en el que la sirvienta se enfrenta a males no del todo visibles. Sus patrones no parecen los villanos del cuento y, de hecho, la tratan con cariño. Incluso hay instantes de acercamiento entre Cleo y su señora, que una noche llega ebria a casa y comparte despecho con ella: “No importa lo que te digan, siempre estamos solas”. Sin embargo, las jerarquías sociales se alzan infranqueables y siempre queda claro quién es el ama y quién la criada. Cleo, la indígena desposeída, vive en régimen de semi-esclavitud al servicio de los pudientes: ambos mundos parecen tan lejanos como el suelo de la cochera que friega a diario y los aviones que surcan los cielos de Roma del primer al último plano. No hay colorín colorado ni final feliz, si se exceptúan los innumerables premios cosechados por esta obra maestra: desde el León de Oro en Venecia al Gran Premio FIPRESCI que esta noche recibe en el Kursaal un año después de presentarse en Perlak.

Juan G. Andrés

 

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