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Estás en: Portada > 67 Edición 2019  > Diario del Festival > Fuego, pasión y reguetón
Fuego, pasión y reguetón
Ema
Viernes, 20 de Septiembre de 2019

Tras la aventura estadounidense de Jackie, su retrato de Jackie Kennedy, el chileno Pablo Larraín vuelve a su país con otra mirada sobre una mujer fuerte que, tras un hecho trágico que cambia su vida, decide tomar las riendas de la misma.

Por primera vez en su filmografía, el director de Post Mortem, Tony Manero, No y Neruda deja de mirar al pasado. Ema es una película sobre el presente más rabioso y su proyección hacia el futuro. El retrato de una mujer y de su generación, nacidas en el cambio de siglo y a las que la dictadura de Pinochet les resulta muy lejana.

Pero lo que en Jackie era cálculo, contención y frialdad, en Ema es intuición, pasión y fuego. En su vuelta a Chile, Larraín incide en la reivindicación de la mujer y la feminidad. Y lo hace a través de un personaje que es madre, hija, esposa, amante, hermana y amiga, interpretado de forma arrolladora por Mariana di Girolamo, el vehículo perfecto para mostrar su carácter, su energía y su vulnerabilidad. Una mujer que lucha por sus derechos, por lo que cree que es suyo y por ser dueña de su vida a través de sus acciones, de sus actitudes, de su sexualidad, de la confianza en sus capacidades y de su cuerpo. No es casual que la protagonista sea coreógrafa y bailarina y que trabaje con su cuerpo. Porque Ema lucha y se expresa a través de su mente y de su cuerpo. Encuentra en la danza y el reguetón su forma de expresión, de mostrar su poderío y manifestar su forma de estar en el mundo.

La propuesta formal de Larraín parece basada en una huida deliberada, compulsiva y hasta agresiva del convencionalismo. Desde el guion, el diseño de los personajes, la puesta en escena, la fotografía, el montaje, las localizaciones o la banda sonora. Una huida de la naturalidad, de los lugares comunes y los caminos trillados. Ema es una sucesión de decisiones creativas arriesgadas, sin miedo a caer en el efectismo que, sin embargo, resultan de una coherencia y efectividad absorbentes y en la que fondo y forma confluyen. Una película tan segura de su propuesta que se arriesga a retar continuamente al espectador y asume el riesgo de expulsarlo, con la confianza de que su energía, su atractivo y su magnetismo conseguirán reengancharlo.

De la misma forma que su protagonista abandona la fluidez y la delicadeza de la danza clásica y del tutú en favor del baile contemporáneo, el reguetón y el chandalismo, Larraín en Ema se olvida del academicismo clásico y la construye como un relato efectista, bronco y videoclipero, pero también sugerente, intenso e hipnótico.

Carlos Elorza

 

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