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Observar, pintar y después amar
Portrait de la jeune fille en feu / Retrato de una mujer en llamas
Viernes, 20 de Septiembre de 2019

Céline Sciamma cambia de época y tono, aunque no de intereses, con su tercer largometraje, premiado en Cannes por el mejor guion. Primero trató en Tomboy los problemas de identidad de género de una niña que vive en las afueras de París. Después, en Girlhood, se volcó en los procesos de libertad y de identidad racial de un grupo de chicas en otro barrio periférico de la capital francesa. En su guion para La vida de Calabacín, cinta de animación de Claude Barras, el objeto de retrato fue un niño huérfano. Las dos protagonistas de Portrait de la jeune fille en feu tienen más edad, pero también buscan su identidad en un contexto muy diferente, el del siglo XVIII, en una mansión en las costas de Bretaña.

Noémie Merlant y Adèle Haenel encarnan a dos jóvenes discordantes con el tiempo que les ha tocado vivir. La primera tiene que realizar un retrato de la segunda. Hasta aquí, ningún problema. El lienzo debe ser enviado al prometido de la joven. El problema es que ella, Héloïse, no quiere casarse, así que no permite ser retratada. Marianne, la joven pintora, acepta lo que propone la madre de Héloïse, personaje breve pero firme encarnado por Valeria Golino: deberá pintarla a escondidas, sin modelo, haciéndose pasar por su dama de compañía. El interés y la atracción de Marianne en Héloïse aparece de forma muy física, anatómica. Se fija en la parte posterior de su oreja o en la posición de sus manos en la playa para luego verterlas en la tela. Es una atracción amorosa y pictórica. Retratándola a hurtadillas atrapa sus gestos a la vez que se enamora de ellos.

Ante la agitación de Girlhood, el nuevo trabajo de Sciamma propone una estilizada puesta en escena, con notoria fotografía otoñal de Claire Mathon, en la que los cuerpos cuentan tanto como las palabras. Sciamma nos traslada hasta los límites del deseo y la voluntad en un mundo estricto con sus reglas inviolables.

Quim Casas

 

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