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Roberto Gavaldón, o la era clásica del cine mexicano
Viernes, 20 de Septiembre de 2019

Como cualquier otra cinematografía, la mexicana tuvo su época clásica. Como en cualquier otra revisión crítica, algunos de los directores de esa edad de oro fueron después vapuleados por los nuevos cineastas y los nuevos críticos. Como ha sucedido casi siempre, el tiempo ha puesto las cosas en su sitio. André Bazin argumentó que se podía ser hitchcock-hawksiano. En México andaban también con disquisiciones absurdas de este tipo y tampoco se podía ser del Indio Fernández, el director de filmes emblemáticos de ese clasicismo como La perla, y al mismo tiempo de Roberto Gavaldón, quien gustaba popularmente tanto o más que el anterior y, además, concursaba en Cannes, Venecia, Berlín y San Sebastián, ganaba los premios Ariel mexicanos a destajo, dirigía a todo el star system azteca (María Félix, Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Arturo de Córdova, Ignacio López Tarso) y fue el responsable de la primera producción mexicana nominada al Oscar al mejor film de habla no inglesa, Macario, en 1960.

Gavaldón triunfó en su momento para pasar después al ostracismo, ser recuperado, de nuevo olvidado y, hoy, reivindicado. La Cineteca mexicana ha restaurado varias de sus películas. Y la retrospectiva que le dedica el Festival de San Sebastián, en colaboración con Filmoteca Española, no hace otra cosa que devolver a Gavaldón al lugar del que nunca debió ser desterrado, el lugar privilegiado de los directores que forjaron el clasicismo (y el soporte industrial) del cine mexicano.

Fue un todo terreno capaz de enfrentarse con muchos y diversos géneros (melodramas arrebatados, dramas más contenidos, comedias, cine policíaco, wésterns rancheros, aventuras, cine histórico) e imponer su autoridad incluso entre las estrellas más grandes de su cinematografía. Le apodaban El Ogro. Tampoco Cecil B. De Mille, cuando rodaba, era un santo.

Cineasta práctico, formado a sí mismo como ayudante de dirección y codirector antes de emprender el vuelo en solitario, brilló tanto en las historias urbanas como en las de ambiente rural. Desplegó recursos estilísticos en los que el trabajo con las imágenes reflejadas en los espejos, símbolo clásico del melodrama, resultaría fundamental. Planteó un erotismo sugerido o muy evidente, nada mojigato. Artesano a la vez que estilista, activo como director entre 1945 y 1979, se implicó personalmente en todos los asuntos concernientes a la financiación y promoción estatal del cine mexicano.

Dolores del Río le debe un memorable doble papel, el de las gemelas de La otra. A María Félix le dio varios trabajos apasionados, como los de La diosa arrodillada y Flor de mayo. Pedro Armendáriz hizo a sus órdenes de cacique, villano y hasta de pelotari corrupto. Adaptó en varias ocasiones a Vicente Blasco Ibáñez. Colaboró con escritores como José Revueltas, Bruno Travern, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. Buena parte de sus películas las fotografió Gabriel Figueroa, el cámara más reconocido de ese cine clásico mexicano que a partir de hoy regresa a la vida en sombras de las salas de cine. 

Quim Casas

 

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