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Costa-Gavras, poder y resistencia como espectáculo cinematográfico
Sábado, 21 de Septiembre de 2019

Cuenta Costa-Gavras (Loutra-Iraias, 1933) en sus memorias (“Va où il est impossible d’aller”) cómo fue irresistible, en su Grecia natal, la tentación de adentrarse en la sala de cine que estaba frente al taller donde arreglaba, muy jovencito, máquinas de escribir. Ahí se cerró su relación con las Olivetti y empezó a fraguarse un vínculo de por vida con la pantalla grande. Había que salir de Grecia, había que estudiar, buscar un Edén al Oeste. Llegó a un París hostil en 1955, sin apenas hablar francés, contando cada moneda del escaso dinero ahorrado. Se alojó en el hotel más barato de la ciudad. Pero, al poco tiempo, sintió que recuperaba cierta dignidad cuando La Sorbona le entregó su tarjeta de estudiante. Con ella se le abrieron poco a poco muchas otras puertas: la de la Cinemateca francesa de Henri Langlois, la del Instituto de Altos Estudios Cinematográficos y, más tarde, la del hogar de Simone Signoret e Yves Montand, donde también conocería a su amigo Jorge Semprún, en lo que fue como caer “en la marmita de la sabiduría y de la ética”.

Cuando actualmente le definen por enésima vez como director político, suele citar a Roland Barthes para decir que toda película es política, es susceptible de ser analizada políticamente y que la mirada política está también en sus espectadores. Cuando le indican que sus películas son un nuevo formato de escritura de la historia, prefiere decir que el cine puede más bien ayudar a introducirse en el gabinete del historiador. No obstante, un breve repaso a las temáticas desarrolladas en su filmografía nos conduce a algunos de los grandes temas histórico-políticos de la contemporaneidad, con una firme voluntad de cruzar fronteras sin complejos: la Resistencia francesa, el golpe de Estado de los coroneles en Grecia, las purgas estalinistas en Checoslovaquia, el imperialismo estadounidense en América Latina, el gobierno de Vichy, las atrocidades de la dictadura de Pinochet, el conflicto palestino-israelí, las huellas vivas del fascismo en la sociedad estadounidense, la caída del muro de Berlín, el infinito poder para el mal de los medios de comunicación, los dramas del desempleo, la aventura trágica de la inmigración, la obscenidad del capitalismo, historias desde el corazón de la Unión Europea… Pero Costa-Gavras no es un gran maestro de cineastas simplemente por haber abordado todas estas cuestiones, sino por haber sabido desplegar todo su talento para imprimir su personal sentido del ritmo a la construcción del relato fílmico, del espectáculo cinematográfico. Las películas del director franco-griego son desde hace más de medio siglo paradigma inmejorable de la extraordinaria función reveladora que el cine posee para la sociedad. 

Una última prueba de su amor por el cine: es de manera voluntaria Presidente de la Cinemateca francesa. El Premio Donostia es nuestra mejor manera de agradecerle su extraordinaria trayectoria. 

Por Joxean Fernández, director de Euskadiko Filmategia-Filmoteca Vasca.

 

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