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Mejor sufrir que hacer sufrir: bajo la ley del melodrama
Acuérdate de vivir
Sábado, 21 de Septiembre de 2019

Tres hermanas, corroídas por los celos y la envidia, viven recluidas en su casa. La pequeña invita a cenar a su prometido y éste acude a la cita con un amigo enamorado de una de las otras dos… aunque no sabe muy bien de cuál, pues sólo la conoce de escucharla cantar por las noches y no ha conseguido ver su rostro. Como ambas tienen el mismo timbre de voz, la solución pasa por elegir a la más joven y hermosa. Yolanda, la mayor, asume la decisión en silencio. Pero tras el matrimonio, la hermana falsaria le confesará que si le ha robado el pretendiente no ha sido por amor, sino por escapar a su férreo código moral. Todo esto cuando no han discurrido ni quince minutos de metraje.

El resto de la película, por desgracia, frena su velocidad. Lo que no significa que la montaña rusa del exceso se detenga: quedan por delante niños enfermos, amores nunca confesados, muchachas que coquetean con el suicidio al ser abandonadas por los rufianes que las han dejado embarazadas, una mujer en sillas de ruedas que “ejerce de compañera, pero no de esposa”… No hay un solo pilar del melodrama que esquive Acuérdate de vivir, película para lucimiento absoluto de la gran dama del género, Libertad Lamarque.

Cuando afronta el rodaje de esta película, la argentina lleva ya casi una década asentada en el cine mexicano tras abrir carrera como tanguera y actriz en el teatro anarquista. Por ello hay canciones en Acuérdate de vivir, tangos y boleros que hablan de sufrimiento y olvido y que refuerzan los diálogos. “Es mejor sufrir que hacer sufrir, ¿verdad?”, dice a Lamarque la mujer postrada en silla de ruedas que la ha acogido en su casa, le ha entregado su amistad, le ha permitido que cuide de sus hijos y la ha obligado a bailar con su marido por mucho que así aliente el rumor de que son amantes. Y sin embargo, la vida de la protagonista está hecha de renuncias. Al amor, al matrimonio y, en el punto más alto, a la maternidad, que para eso estamos en un melodrama a la mexicana. Entre canción y canción, aferrada a unas ideas que parecen salidas del consultorio de Elena Francis, la protagonista descenderá hasta el último círculo del infierno cuando los jóvenes a los que ha criado la lleven ante los tribunales por un quítame allá esa herencia.

La película de Gavaldón formó parte de la programación de la primera edición del Zinemaldi, tantos años hace que todavía se llamaba Semana Internacional del Cine. La denominada ‘reina de la lágrima’, sin embargo, no visitaría la ciudad hasta tres décadas más tarde, cuando ejerció de invitada de honor en un muy recordado ciclo dedicado al melodrama latinoamericano. Lamarque paseó por la ciudad, participó en mesas redondas dedicadas al género, se lamentó por un cine que ya no era como el de antes y recibió el aplauso del público. Debería haber sido la gran estrella del Festival, pero no fue así: corría el año 1989 y su presencia, como la de cualquier figura que pisara el Victoria Eugenia aquel año, quedaría eclipsada por la de Bette Davis.

Aguilar y Cabrerizo


 

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