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El amo de la cancha
La noche avanza
Domingo, 22 de Septiembre de 2019

El pelotari Marcos Arizmendi, encarnado por Pedro Armendáriz, es bautizado por la prensa como el amo de la cancha. Lo es. Nadie le gana en el deporte vasco de México, y esto que en la ficción del film se enfrenta con pelotaris puntistas reales que triunfaron en América como José María Urrutia, Ignacio Echeverría y Jaime Inchandurrieta, entre otros. Pero el protagonista de La noche avanza no solo se caracteriza por su dominio del juego. Es egoísta, fanfarrón, engreído, arrogante y carece de todo escrúpulo. Un ser abyecto e infame pero triunfador que se autodefine como “el amo”. Su filosofía es clara: “Nadie se fija en los perdedores”, asegura. “Los débiles no cuentan y merecen su destino. El hombre que no triunfa no merece vivir”.

El personaje le sirve a Gavaldón para una puesta a punto de sus teorías sobre el melodrama negro. Porque La noche avanza tiene tanto de un género como de otro: es un perfecto mélo noir, atmosférico en sus calles y locales nocturnos y urbanos fotografiados en claroscuro por Jack Drapper, y arrebatado en las relaciones que Marcos establece con todo el mundo, especialmente con las mujeres.

No vive de ellas, sino de su trabajo y habilidades en el frontón con la cesta punta, y vive bien por cierto, ya que no pierde ni un solo partido y gana bastante dinero, pero sí que se sirve de las mujeres para enaltecer su descomunal ego. Una se llama Lucrecia, es cantante y está perdidamente enamorada de él. “Me has acostumbrado a compartirte”, le dice resignada. Marcos no desaprovecha la oportunidad para sacar pecho: “Te vale más tener la quinta parte de un hombre de primera que las cinco quintas partes de un hombre de quinta”. Cada frase que pronuncia le define a la perfección. Lucrecia le dedica la canción titulada “Me vuelves loca”. Una de sus estrofas reza lo siguiente: “Mi amor por ti es desvarío incandescente/Y junto a ti siento arrebatos de demente”. Arrebato, demencia y bastante masoquismo. Una adicción. Locura de amor en clave noir a tenor de cómo evolucionan los acontecimientos.

Otra de sus amantes es Sara, una mujer madura y supuestamente adinerada que vuelve a México tras la muerte de su esposo para reencontrarse con Marcos; la interpreta la actriz valenciana Anita Blanch, instalada en México desde 1923. Y la tercera, la joven Rebeca, pertenece a una familia burguesa y ha quedado embarazada. En muchos planos de la película, ellas aparecen reflejadas en espejos como si en realidad no existieran más allá del mundo egoísta y machista del pelotari. Al final es él quien queda enmarcado dentro de un espejo. Gavaldón utilizó siempre las imágenes invertidas de los espejos con mucha decisión y sentido.

La trama se enriquece, a nivel de thriller, con apuestas amañadas; casinos chinos medio clandestinos; el torvo apostador profesional que encarna otro actor español asentado en el cine mexicano, José María Linares Rivas; matones de medio pelo y una violencia seca y expeditiva: Gavaldón filma casi en tiempo real y en primer plano cómo los criminales obligan a beberse a Marcos una botella entera de tequila.

Quim Casas

 

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