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El dinero nunca se limpia
The Laundromat
Domingo, 22 de Septiembre de 2019

En la escena de apertura de The Laundromat, seguimos a dos hombres que, literalmente, están predicando en el desierto. Lo que pasa es que uno de ellos es la representación de Jürgen Mossack, y el otro es el alter ego de Ramón Fonseca Mora. O sea, que el cuento que nos están vendiendo es en realidad el discurso hegemónico que da forma al mundo: esa calamidad a la que, a pesar de todo, todavía no se le ha negado la posibilidad de arreglo.

La nueva película de Steven Soderbergh, consagrado maestro del cine digital, es una película que precisamente se mueve como pez en el agua en dicho formato. No en vano, tal y como deja claro el brillante plano secuencia con el que arranca la función, el objeto de estudio no es otro que el supuesto motor de la civilización. Esto es, el dinero: fuerza irresistible que se ha ido sofisticando con el paso del tiempo. Las dos cabezas más reconocibles detrás del escándalo de ‘los papeles de Panamá’ siguen con su discurso, y nos recuerdan que lo que empezó manifestándose en el soporte físico (de monedas y/o billetes), ahora hace lo mismo, pero mediante el intangible de ‘unos y ceros’.

Los capítulos más recientes de la historia del cine, ya lo sabemos, trazan una evolución similar. En este sentido, no deben ser muchos los directores que hayan leído tan bien como Soderbergh las exigencias y necesidades de un digital que va mucho más allá de la mera apariencia de la imagen. Es por esto que The Laundromat corresponde tan exageradamente bien a la catalogación de ‘producto de nuestros tiempos’. Desde su gestación (véase la configuración de un reparto de actores que tiene mucho de all-star internacional) hasta los posteriores planes para su distribución y exhibición, pasando evidentemente tanto por la elección del tema central (uno de los mayores escándalos financieros de nuestra era) como por la manera de abordarlo... todos sus elementos nos hablan, de forma más o menos evidente, del presente más rabioso.

Lo hacen, esto sí, teniendo siempre claro que para desmontar los argumentos –malignos– a los que se enfrentan, no hay arma más efectiva que la risa. De repente, todo parece mucho más sencillo... quizás porque realmente así sea. Y es que donde otros verían un laberinto en el que solo encontrar la desesperación, Soderbergh (siempre inquieto y clarividente) disfruta gestionando un galimatías muy fácil de desencriptar. Panamá deja de ser una fortaleza inexpugnable, y se descubre como un castillo de naipes a punto de derrumbarse. Siguiendo por todo el mundo el rastro pestilente de un dinero tan sucio que nunca puede limpiarse, expone las miserias (morales) de los supuestos ‘maestros del universo’. El inmisericorde retrato de su corrupción y avaricia, pueden ser los reclamos cómicos de esta temporada.

Víctor Esquirol

 

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