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El devoto errante de la Virgen de Guadalupe
Rayando el sol
Lunes, 23 de Septiembre de 2019

Rayando el sol dedica únicamente su último tercio a desarrollar el argumento de la rivalidad amorosa por la coqueta Lupe entre Carlos, hijo del patrón de la finca en la que se ambienta la película, y Pedro, su hermano adoptivo. Y es que, antes que el drama ranchero que anuncia, la cinta es una digresiva colección de estampas folclóricas y devotas. En todas ellas, la progresión de la trama queda relegada ante el despliegue coreográfico y la espectacularidad de las localizaciones naturales que Gavaldón encuadra en grandes planos de conjunto con tendencia a la composición rigurosamente simétrica, lo suficientemente contrapicados como para invitarnos a evocar a Eisenstein, Gabriel Figueroa o el Indio Fernández. La canción titular, los coros campesinos, las tonadas populares como “La bamba” o “Las golondrinas” son la espina dorsal que sostienen paisajes telúricos, rompimientos de gloria y escenas pastorales.

El otro vector extemporáneo a la narración es el sacerdote encarnado por Domingo Soler, cuya relevancia queda constatada al compartir con Pedro Armendáriz y David Silva la primera cartela de los créditos de cabecera. En cambio, María Luisa Zea, femme fatale rural y vértice superior del triángulo como objeto de deseo de ambos hombres, queda relegada a un cartón posterior, a la altura del secundario Carlos Villarías que unos años atrás había encarnado en Hollywood al Drácula hispano de la Universal. El cura se encarga en todo momento de sancionar las acciones de los personajes desde la estatura moral que le confiere su posición. Es él quien, desde el púlpito, arenga a los feligreses a aceptar su statu quo, a renunciar a cualquier aspiración de cambio social y a olvidar las ilusiones y los sueños que constituyen el aliento vital de Lupe. Nada podrán el capricho y la ambición —de la mujer, no del sacerdote, aclaramos— contra la amistad de los dos hombres que en otro tiempo se disputaron su amor.

Como las flores salpicadas por el petróleo en Rosa Blanca o el ramo nupcial de Días de otoño, hay también aquí un símbolo vegetal que es suma y cifra de toda la película: el augurio de un naranjo plantado el día de la boda cuyo fruto ha de representar la felicidad conyugal. Malogrado este, el homicida se ve abocado a expurgar su culpa recorriendo el mundo a lomos de su caballo. Sólo la intervención directa de la Virgen de Guadalupe, habitual colaboradora estelar en el cine mexicano de los cuarenta, posibilitará su redención. A fin de cuentas, nada importa la justicia de los hombres en Rayando el sol.

Aguilar y Cabrerizo

 

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