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El lamento de un pueblo
Rosauro castro
Lunes, 23 de Septiembre de 2019

La voz narrativa en primera persona del inicio de Rosauro Castro no pertenece a ninguno de los personajes importantes del film. Curiosamente, esa voz es la del propio pueblo; no el colectivo humano, sino su conglomerado de calles, casas, bares, tiendas e iglesia. Es el pueblo donde transcurre toda la acción el que habla, y el que se lamenta, como si esta pequeña localidad marcada por las decisiones del cacique que da título a la película tuviera vida propia más allá de las gentes que la habitan. Esta voz tan extraña, tan abstracta, dice: “No importa que sea un pueblo de México. Soy a fin de cuentas un pueblo de la Tierra”. Gavaldón amplía miras. El pueblo sin nombre de Rosauro Castro representa a todos los pueblos del mundo que abandonan a sus pequeños ciudadanos para entregarse, como asegura la narración, a esta o aquella tiranía.

Singular y llamativo inicio, sin duda, para un melodrama trágico y tenso centrado en un personaje que cree controlarlo todo cuando en el fondo no controla nada. Poco importan las panorámicas de jinetes en las colinas con música muy hollywoodiense de Antonio Díaz Conde. Parece que estamos frente a un western tradicional, pero la película se sumerge rápidamente en esa pulsión trágica que tan bien manejaba el director. Rosauro ejerce de cacique en la dimensión más amplia de la palabra. Ha establecido un régimen del terror y asesina a Pedro Cardoza, candidato del partido independiente en las próximas elecciones a la presidencia municipal (la alcaldía). Rosauro no se presenta; ya tiene a su compadre ejerciendo de títere para él. Tergiversando a Lampedusa, desea que nada cambie para que todo siga igual.

En esta tragedia contemporánea, Rosauro solo posee el aprecio de su hijo pequeño, y la funesta muerte de este –el plano de la muerte del niño es sobrecogedor– precipita los acontecimientos de sangre en la penumbra de las calles mal iluminadas de la localidad. Rosauro está enemistado con los familiares de Cardoza, con el hombre con el que se enfrentó en el pasado y que ahora solo quiere estar con su madre enferma, con el individuo enviado desde la capital para investigar la muerte del político. También pierde el aprecio de su esposa, el de su madre y el de su compadre, quien deberá enfrentarse a él como si fuera una película de Sam Peckinpah sobre la amistad traicionada. El pueblo se lamenta al principio por su aciago destino y el relato le hace caso, aunque el violento itinerario se cobra tantas víctimas inocentes que es difícil imaginar lo que pasará una vez concluye la proyección. 

Quim Casas

 

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