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Vida en sombras
Días de otoño
Martes, 24 de Septiembre de 2019

Como en Macario, como en Rosa blanca, Gavaldón vuelve a inspirarse en Días de otoño en la obra literaria de B. Traven. Lo hace a través de un cuento que tiene mucho de revelación íntima, a juzgar por los escasos datos que tenemos sobre su elusivo autor. También Luisa, el personaje interpretado por Pina Pellicer, fantasea su biografía. Imagina con una entrega tan furiosa como contenida una vidita modesta ante las compañeras de la pastelería que regenta en la Avenida Insurgentes el viudo don Avelino. Y así, para protegerse de las risas de sus compañeras y de la maledicencia de sus vecinas, inventa un noviazgo, y luego un matrimonio, y después un hijo, y al cabo una viudez, y aún después…

El argumento melodramático de la imitación de la vida, ese sucedáneo al alcance de una joven vergonzosa y sin recursos, termina por convertirse, merced a este mecanismo de huida hacia adelante, en una cinta de suspense en toda regla. ¿Cuándo se descubrirá la verdad y cómo se salvará la heroína de la tupida red de mentiras en la que se ha convertido su existencia? Por mucho que la realidad, tozuda como ella sola, pretenda imponerse, Luisa seguirá su sueño hasta sus últimas consecuencias.

El bloque secuencial de la boda abisagra la película por su mismo ecuador y lleva al límite la suspensión de la incredulidad del espectador. La llamada telefónica desde la iglesia nos sitúa en un punto sin retorno. A partir de ese momento deberemos compartir la tragedia grotesca de Luisa, su vergüenza al caminar por la autopista vestida de novia. El ramo nupcial es arrollado por los automóviles, los chicos la siguen por el patio burlándose de su tragedia. Cuando llega a casa, incapaz de soportar su reflejo en el espejo de la cómoda, le da un golpe y éste bascula sin devolverle nunca una imagen estable de sí misma, transparente metáfora de la disolución de su identidad. Luisa se recluye en un edificio de oficinas donde es la única residente: en la azotea, los neones publicitarios iluminan su vida imaginada. Cuando camina sola por el zoo, Gavaldón busca su sombra en el camino y la silueta del hijo que no ha tenido le da la mano amorosamente.

Gavaldón ya había transitado por este mismo sendero en El socio, cinta al servicio del argentino Hugo del Carril en el que un humilde agente inmobiliario se inventaba una alianza con un anglosajón que le hacía triunfar en los negocios. La comparación entre ambas hace destacar el ajustado lirismo de Días de otoño, clave de una de las propuestas más logradas de su realizador.


Aguilar y Cabrerizo

 

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