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El tropiezo de Gavaldón con la censura
Rosa blanca
Miércoles, 25 de Septiembre de 2019

Las gentes del rancho Rosa Blanca no cuentan con un líder ingenuo con poderes sobrenaturales para rechazar la invasión depredadora del capitalismo, como había previsto De Sica para los chabolistas de Milagro en Milán. Pero, al igual que la película fundacional del neorrealismo fantástico, Rosa blanca es un apólogo moral con su bueno buenísimo y su malo malísimo. El primero —encarnado por Ignacio López Tarso— es un hombre rural apegado a la tradición y la familia, defensor del sentido común y de unos valores a escala humana. El segundo —interpretado por Reinhold Olszewski, fundador en Chile de la compañía teatral Deutschen Kammerspiele— es, como el logotipo de la Condor Oil que preside, un carroñero cuya supervivencia depende de su capacidad de rendir cuentas ante sus socios multinacionales. Estamos en 1937 y las inversiones de la compañía petrolífera estadounidense en Veracruz tropiezan con la resistencia numantina de este hombre que no está dispuesto a vender el futuro de su gente. Pero la codicia del empresario no conoce límites y cualquier estrategia, incluso el asesinato, es válida para alcanzar sus objetivos.

Frente al carácter monolítico de estos dos personajes centrales, Gavaldón y Emilio Carballido —que ya habían colaborado el año anterior en la adaptación de otro relato de B. Traven, Macario— crean una memorable galería de comisionistas, mandaderos, correveidiles y sicarios. El resto son escenas paralelas en las que a la junta de accionistas de la compañía petrolífera se yuxtapone un encuadre análogo de la cena en la humilde casa veracruzana, a la modestia del porche de la finca mexicana, la apabullante monumentalidad estalinista del edificio sede de la multinacional estadounidense. Aunque la escena de clausura recupere la mordiente crítica de la fábula —los yanquis buscarán nuevos recursos allá donde sea necesario, como el Golfo Pérsico, sin ir más lejos—, la cinta ha culminado con un montaje de propaganda patriótica en la línea del cine político más discursivo que alienta la nacionalización de los recursos petrolíferos por el presidente Lázaro Cárdenas. No valieron ni las excelentes relaciones de Gavaldón por el PRI ni los veinticuatro años transcurridos desde los hechos narrados: los intereses de Estado y las alusiones a políticos aún en activo abocaron la película a su prohibición. Rosa blanca se verá condenada a dormir el sueño de los justos hasta que el partido de gobierno termine permitiendo su proyección en 1972, once años después de su rodaje. 

Aguilar y Cabrerizo

 

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