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Nada cubre la pena
El rebozo de Soledad
Miércoles, 25 de Septiembre de 2019

El rebozo mexicano es una tradicional prenda de vestir femenina, una especie de mantilla con la que las mujeres cubren sus hombros y cabello. Soledad es el nombre de una abnegada mujer de rebozo raído, pretendida por los hombres que habitan este melodrama rural. Estamos ante un título fácilmente interpretable, que habla no solo del desamparo de Soledad, sino de la orfandad moral de sus protagonistas.

Gavaldón no es director de preámbulos, y sin perder un fotograma nos presenta al afligido médico Alberto Robles en plena crisis existencial, económica y deontológica. Ha abandonado su pueblecito natal para labrarse una carrera de éxito en la gran ciudad, y se dirige meditabundo a una entrevista en un elitista hospital. Mientras espera a ser recibido, le hacen llegar un diario escrito por su amigo el sacerdote del pueblo, un libro manuscrito cuya lectura servirá como vehículo para contarnos su triste historia en modo flashback.

El doctor Robles es conocido por ser un hombre severo pero humanitario, un idealista intransigente con toda injusticia social. Junto a su amigo, el ranchero Roque Sauzo, hombre asilvestrado e impulsivo, harán frente a los abusos de poder del cacique local. No es este el único enemigo con el que el reputado doctor debe lidiar. El fanatismo religioso, la superchería popular, el yermo cultural del pueblo, son cuestiones atávicas que exasperan a nuestro hombre de ciencia.

Pero el drama romántico estalla cuando la cimbreante Soledad se cruza en el camino de los dos amigos. La mujer sentirá atracción por ambos, albergando la duda entre refugiarse bajo la protección del hombre racional o dejarse arrastrar por la pasión que despierta el impetuoso ranchero. Es en el retrato del triángulo amoroso donde Gavaldón muestra su pericia, y pesar del característico estilo recio del director, el trazo con el que dibuja a sus personajes es mucho más rico en matices de lo aparente.

Cuando el espectador ya se ha acomodado en el clásico drama costumbrista, Gavaldón nos mueve la butaca para rebozarnos en la eterna disyuntiva entre el bien y el mal, la razón y la pasión, con matices allende el vulgar melodrama histriónico. Rodado en un refinado blanco y negro, con planos de suntuosa composición casi expresionista, Gavaldón confecciona un guion tan titubeante como el carácter de sus personajes. Un hosco tapiz que lo cubre todo de fatalidad, pero que se permite costuras por donde se filtra algo de luz, incluso alguna segunda oportunidad.

Angel Aldarondo

 

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