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El vuelo de Penélope
Viernes, 27 de Septiembre de 2019

El 16 de septiembre de 1994 se presentó en San Sebastián Todo es mentira de Álvaro Fernández Armero. Fue la primera película de Penélope Cruz estrenada en este festival. Tenía veinte años y era una estrella emergente del cine español. 25 años después vuelve a recoger el Premio Donostia, consagrada como una grande del cine y en su mejor momento. Siempre da la impresión de que Penélope atraviesa su mejor momento.

Nos hemos acostumbrado de tal modo a verla ahí, en primer plano, todo el rato, que se nos puede olvidar lo que significa. No debe ser fácil lo que ha conseguido: ninguna otra actriz española ha volado tan alto.

El próximo mes de enero se cumple otro aniversario interesante: los treinta años de la tarde en la que, tras ver a Victoria Abril en Átame, Penélope descubre su vocación. Es 1990, tiene quince años y, con sus padres y hermanos (Mónica y Eduardo), vive entre Alcobendas y San Sebastián de los Reyes. Sus padres se habían enamorado en una discoteca de los primeros setenta. Les gusta tanto “Penélope” de Serrat que bautizan a su primera hija con ese nombre. Encarna, la madre, trabaja en una peluquería y Eduardo, el padre, en una ferretería. Viven con lo justo pero Encarna se empeña en llevar a sus hijas a clases de baile. Penélope pasa muchos ratos en la peluquería y, al llegar a casa, su juego favorito es imitar a las clientas delante del espejo. Aquella peluquería es su primera escuela de interpretación.

En 1992, a sus dieciocho años, Penélope irrumpe como un ciclón: Jamón, jamón, de Bigas Luna, y Belle Époque, de Fernando Trueba, con dos personajes antagónicos, ponen al cine español a sus pies. Una noche de 1995 tiene un sueño: en un bar de Madrid ve a su idolatrado Pedro Almodóvar. Al día siguiente se lo encuentra de verdad. Sin embargo, al no conocerse, no se saludan. A los pocos meses interpreta un breve pero impactante personaje al lado de Pilar Bardem en Carne trémula. Primer gran sueño cumplido. Luego, su formidable trabajo como Macarena Granada en La niña de tus ojos (1998) es definitivo: Stephen Frears, al verla, le ofrece Hi Lo Country, su primera película en Hollywood. Su vida da un vuelco y ella sabe muy bien estar a la altura.

Su conversión en estrella global es paulatina pero muy sólida. Alterna películas en Estados Unidos y Europa y deslumbra con su talento, energía, belleza y encanto. Trabaja con mitos de su adolescencia como Woody Allen, Sofía Loren o Ridley Scott. Los reconocimientos se acumulan en diversas partes del mundo. A sus cuarenta y cinco años, su palmarés es abrumador: en España, tres premios Goya y ocho nominaciones más, además de la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes; en Estados Unidos, un Óscar y otras dos candidaturas y nominaciones a los Globos de Oro, los Emmy y los premios del Sindicato de Actores; en Italia, el David de Donatello; en Reino Unido, el BAFTA; en Francia, Caballero de la Orden de las Artes y las Letras y el César de Honor, y en Alemania, el premio Bambi. En una preciosa simetría, como en los cuentos de hadas, en 2010 se casa con su compañero en Jamón, jamón y amor de su vida, Javier Bardem, el otro intérprete español ganador de un Óscar, con el que tiene dos hijos que disparan su felicidad. La distancia entre la realidad y los deseos siempre suele ser muy decepcionante. Pero la realidad de Penélope desborda sus sueños más locos.

Fernando Fernán-Gómez sostenía que el verdadero pecado del carácter español no era la envidia sino el desprecio; concretamente, el desprecio a la excelencia. En algún momento pareció que, con Penélope, se cumplía ese cliché. Pero fue un espejismo. El paso del tiempo ha impuesto la sensación de que Penélope es un lujo. Hace unos meses una encuesta de una asociación de empresas cerveceras indicaba que ella era la española favorita para salir de cañas. No es algo baladí. Eso que se llama ‘la gente’ la ha acabado adorando. ¿Qué más se puede pedir?

Luis Alegre

 

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