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Estás en: Portada > 69 Edición 2021  > Diario del Festival > El eterno provocador
Diario del Festival » Perlak
El eterno provocador
BENEDETTA
Lunes, 20 de septiembre de 2021

Por mucho que las sociedades avancen y vayan cayendo, progresivamente, muchos de los prejuicios que hasta hace unos años nos suscitaban ciertas realidades, siempre habrá temas abonados al escándalo,
aunque se trate de controversias un tanto superficiales. Benedetta, última realización del incombustible cineasta neerlandés Paul Verhoeven, suscitó un sinfín de comentarios tras su paso por el último festival de Cannes. Esta película, que evoca la historia real de Benedetta Carlini, una mística italiana del siglo XVII, famosa por la desinhibición con la que vivió su sexualidad en el anhelo de trasladar a sus semejantes el amor que ella decía recibir por parte de Jesucristo, fue objeto de críticas airadas por parte de quienes prefieren cerrar los ojos frente al tabú de la homosexualidad en el seno de la Iglesia. Con ser este tipo de reproches los más numerosos, Verhoeven también tuvo que soportar en Cannes los reproches de aquellos que le acusaron de montar una suerte de expotaition con la única intención de epatar al personal.

Sin embargo, es probable que, a sus 83 años, a Verhoeven este tipo de reproches le entren por un oído y le salgan por otro. No solo porque la veteranía es un grado, sino porque el cineasta ha vivido instalado en la polémica prácticamente desde que debutó detrás de las cámaras con Delicias holandesas (1971), una comedia donde cuestionaba la hipocresía moral de sus compatriotas en materia sexual. La crítica, en su mayoría, le acusó de chabacano e incluso de obsceno, pero el film fue un éxito de público sin precedentes y eso allanó el camino del director que, con su siguiente película, Delicias turcas (1973), acalló las voces a sus críticos, logrando una nominación al Oscar histórica para Países Bajos. Dicha película fue el principio de una carrera meteórica y también marcó el inicio de su colaboración con Rutger Hauer, que cristalizaría en otros títulos míticos como Una novia llamada Katy Tippel (1975), Eric, oficial de la reina (1977) o Los señores del acero (1985). Todos estos filmes lograrían repercusión internacional y lanzarían las carreras de Verhoeven y de su actor fetiche que, cada uno por su lado (eso sí), se lanzarían a hacer las Américas.

Como era previsible en un país tan puritano como EEUU, Paul Verhoeven no se mantuvo alejado de la controversia, más bien al contrario. De inicio, eso sí, trabajó con bastante libertad y el servirse de un género fuertemente codificado como el fantástico le sirvió para cuestionar salvajemente el espíritu reaccionario que sostenía el american way of life, a través de distopías como Robocop o Desafío total. Pero mientras que con la representación de la violencia siempre ha habido una cierta tolerancia, en Hollywood hablar de sexo es harina de otro costal, y ahí empezaron algunas de las polémicas más sonadas de Verhoeven. Primero, a cuenta de Instinto básico y su (según sus críticos) fetichista y maniquea representación del lesbianismo y, después, con Showgirls, cuyo fracaso comercial (aunque hoy el film mantenga un estatus de película de culto) fue la excusa perfecta para que la Meca del Cine prescindiera de sus servicios. Desde entonces, Verhoeven continuó su carrera en Europa, eso sí, sin que le dejara de acompañar la controversia bien en su país natal (donde filmó El libro negro, una de sus mejores y más crudas películas), bien en Francia, país donde ha rodado películas tan poco convencionales y que han generado comentarios tan encontrados como Elle (que pudimos disfrutar en Perlak hace unos años). Ahora es el turno de Benedetta.


Jaime Iglesias

 

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